La tele es una
mierda: ¿tópico o realidad? Esta mañana, en una consulta la recepcionista ha
pasado por la sala de espera y ha preguntado a los pacientes si querían ver la
tele, pues ésta se encontraba apagada en ese momento. Sí, no, da igual, división
de opiniones. Si total, para lo que dan por la mañana, dice un señor. ¡Y por la
tarde!, añade una señora. La recepcionista se va sonriendo y meneando la
cabeza.
La tele es una
mierda. Para mí no es un tópico, es una realidad. Y lo lamento porque no creo
que cueste tanto hacer una buena programación. La televisión pública había
empezado a aumentar su audiencia gracias, por un lado, a una inyección económica importante para la
producción de series y programas propios y, por otro, a la desaparición de la
publicidad en todos sus canales. Hoy se encuentra en una situación complicada,
con recortes que afectan a su plantilla, a su programación, a la producción de programas y, lo peor, con la intervención a saco del
nuevo gobierno amenazando seriamente su imparcialidad.
La tele es una
mierda, una basura, si no se quiere usar la palabrota pero hay programas en
ella que a una le salvan de pensar en el suicidio tras una tarde febril en el
sofá y están, básicamente, en la Sexta. Ya mencionamos La sexta columna en un
post reciente, que nos gusta porque es ágil y va directo a la noticia. El Gran
Wyoming es un líder espiritual para algunos de nosotros. Sigo el Intermedio
desde sus inicios (y va en serio, no miento como los artistas que lo prometen
cuando les entrevistan desde este espacio y luego no tienen ni idea del
programa) y me sigue enganchando. Yo diría que, salvo ciertas secciones, es un
programa redondo. La hora de emisión, el
tratamiento de la actualidad con humor del bueno, los presentadores y
entrevistadores y, por supuesto, el Gran Wyoming. Un crack.
Y para salvación,
la de Salvados. Los domingos a las 21.30, una cita ineludible con un periodismo
que yo no sé si es bueno o no. Tampoco me interesa saberlo, lo que tengo claro
es que Jordi Évole le hace al entrevistado esas preguntas que a mí se me pasan
por la cabeza y, para ello, utiliza ese tono de voz, ese sarcasmo y ese encanto
particular a la hora de dirigirse al entrevistado, sea del corte que sea que,
desde luego, la mayoría de los periodistas no tiene. Nunca conocí a alguien que busque follón como él, de aquella callada manera que cantaba Milanés. Es respetuoso e
irreverente a la vez, cortés y educado, pero atrevido. Y arriesga, arriesga
mucho en sus exposiciones e interpelaciones. Eso posiblemente es lo que más
gusta de él. La tranquilidad con la que se arriesga en cada pregunta (algunas
veces, se arriesga a llevarse una hostia, diría yo).
Pues eso, que esto no pretende ser una crítica ni mucho menos, pero es que de los tópicos y de las consultas de los médicos, salen muchas cosas para escribir.